Cuando describimos la realidad de lo que somos no es fácil, pero la ciencia dice que nuestro cuerpo físico es más bacteriano que celular. Albergamos unas 100 billones de bacterias que de una forma simbiótica y beneficiosa conviven con nuestras células y apoyan nuestro sistema inmunológico, nervioso e influyen en el equilibrio de nuestra psique.

La mayoría de estas bacterias tiene su residencia en el aparato digestivo, siendo su hábitat preferida las criptas del intestino delgado y el grueso, formando en este segundo cerebro intestinal verdaderas colonias.

Por otro lado, son cientos los miles de neuronas que pueblan las paredes intestinales y transmiten información en un lenguaje propio a nuestras bacterias, y estas, a nuestro cerebro y al sistema inmunológico. Así, la respuesta inmunológica se da por reconocimiento y diferenciación entre bacterias favorables, frente a otras bacterias patógenas. De ahí la importancia de la comunicación entre estos dos cerebros y el poder promover la salud y preservar la “microbiota-intestino-cerebro”.

El eje intestino-cerebro lleva en el punto de mira décadas, y las investigaciones nos revelan que desde las famosas mariposas en el estómago del enamorado, hasta el retortijón de tripa que sufre un alumno frente a un examen, son una clara relación del sistema gastrointestinal y la mente.

Se habla ya de conexión a través de nuestras hormonas y las bacterias del género Lactobacillus y Bifidobacterium que modulan y segregan neurotransmisores como serotonina, acetilcolina o GABA. Todos ellos implicados en procesos no sólo fisiológicos, sino en otros neurológicos como la ansiedad, la depresión o el síndrome de espectro autista.

En 2013 el catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Cork, Ted Dinan, amplía otra forma de comprensión y nace el concepto nuevo de psicobióticos, como bacterias que ingeridas en cantidades idóneas son capaces de mejoran la salud, estabilizar mentalmente y marcar nuestras emociones y comportamientos.

Desde luego las reacciones y relaciones internas son tan complejas que todavía distamos de su comprensión, pero lo que si podemos llegar a entender y a padecer, es que una alimentación insana, un estrés sostenido o un tratamiento antibiótico modifican y destruyen nuestra flora. Entonces, hay que plantearse que a las bacterias inquilinas hay que cuidarlas porque son muy necesarias. ¿Pero cómo?

La respuesta está en nuestra alimentación y suplementación. La flora bacteriana necesita prebióticos y probióticos en cantidades adecuadas, así optaremos por productos que los contengan. ¿Dónde los encontramos?

Mis alimentos favoritos psicobióticos recomendables son:

Miso, chucrut, pickles, kimchi, kéfir de agua, kombucha, ciruela oriental umeboshi, cúrcuma, alcachofa, puerro, ajo, plátano, manzana, higos, uvas; y para el bebé la leche materna.

También podemos optar por los suplementos de bacterias beneficiosas. Te dejo aquí una pequeña lista que especifica el uso en distintas problemáticas:

Lactobacillus casei, beneficioso en fatiga crónica.

Lactobacillus rhamnosus, tiene un efecto tranquilizante, ayuda en casos de ansiedad, estrés agudo y dolor.

Bifidobacterium infantis, equilibra cambios de comportamiento y puede ser útil en casos de depresión.

Bacillus, productor de dopamina. La bajada de este neurotransmisor es asociado con casos de fatiga y deficiencia de atención.

Lactobacillus acidophilus, tiene acción analgésica.

Estas bacterias forman parte de nuestro ecosistema interno; cuidarlas, alimentarlas y hacer repoblación de sus colonias cuando sea necesario es lo que contribuye a tener un ejercito amigo que mantendrá al organismo en un estado saludable.

Cris Parga

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